Las Historias

Las Historias son poderosas. Los cuentos, los mitos, son lo más poderoso que ha creado el ser humano. Son la creación más increíble e imparable que tenemos. Son inagotables, eternas, infinitas. Se repiten cíclicamente y no alcanzas a poder ver su principio, ni tampoco parece que vayan a tener un final, más allá de la propia extinción, claro. Nos llevan acompañando desde antes de cualquier período humano que tengamos científicamente clasificado.

Son inmortales. No podemos dañarlas. Las balas no les atraviesan. Las espadas no les cortan. Las enfermedades no las debilitan. Están por encima de la justicia, del bien y del mal.

Las historias son el bien y el mal. Estamos hechos de historias, estamos tejidos por ellas y en ellas están escritos nuestros destinos. Nos pertenecen y les pertenecemos a ellas. Crean y destruyen a su antojo, levantan civilizaciones con sus mitos fundacionales y despojan de su legitimidad a regímenes milenarios. Las historias nos otorgan las ideas con las que damos sentido a nuestra existencia. Y la socialización de las ideas es el arma definitiva del ser humano1.

Las historias son lo más importante. El conocimiento es finito. La imaginación no. El conocimiento está sometido a ella. Todo está sometido a los sueños. Nuestra naturaleza se reduce a ello. Y no podemos ir en contra de nuestra naturaleza. No podemos dejar de contar historias.

La coherencia no es un atributo humano2. Así que voy a decir algo incoherente con lo anteriormente expuesto. Aunque pronto veréis que no es sólo así.

No existen las historias.

No existen las canciones, ni las películas. No existen los cuadros, los edificios, las esculturas. No existen las modas, ni siquiera existen las culturas ni las civilizaciones. Existe la Gran Narración. Existe una Cultura Humana. Siempre la misma. Cuando escuchamos una canción, lo que escuchamos es una aproximación a la Canción. Lo mismo cuando vemos una escultura, leemos un libro o nos cuentan una narración. Todas las manifestaciones humanas tienen una misma pulsión idéntica, todas nos reducen a lo mismo. Hay algo inmanente.

Me estoy poniendo platónico? No, no hablo de algo metafísico o sobrenatural sino de algo muy físico y natural, casi palpable, pero a lo que desgraciadamente prestamos muy poca atención, basando nuestros juicios siempre más en nuestras diferencias y no en nuestras coincidencias. Sin intencionalidad de obviar la diversidad o hacer reduccionismo absurdo, vaya por delante. Pero teniendo en cuenta que estas diferencias muchas veces han sido potenciadas o reducidas intencionadamente al servicio de intereses privados y muy concretos.

En todos los recónditos lugares del mundo, la gente aprende a bailar, a comer, a follar, a crear ritos de paso, de unión, de buenaventura y de despedida, aprende a resolver conflictos, a trazar líneas y formas. Hay ciertas constantes en el comportamiento humano. El río es la vida que va a morir al mar. Cómo es posible que haya tanto refranero compartido, no ya por culturas que toman una misma raíz3, si no por culturas tan extremadamente alejadas y ajenas? Por qué el ser humano siempre trata de levantar pirámides hacia el cielo? Puede que por el mismo motivo por el que tememos la oscuridad? Por el mismo motivo por el que adoramos el sol, que nos da calor y vida?

Tiempo atrás, la propiedad no tenía el valor que tiene hoy día. No ya la propiedad de la tierra, de las personas o del agua, sino una propiedad aún, si cabe, más obtusa. La propiedad de las ideas.

Las ideas. Ahora que me puse platónico. Pero otros se lo han buscado.

Basándonos en el hecho de que la propiedad es un juego de contrarios y de exclusiones (yo tengo porque no lo tienes, la propiedad escasamente se nos ha presentado en posibilidad compartida), sabemos diferenciar cuando algono es nuestro, no nos pertenece. A veces lo sabemos por mecanismos obvios: o bien otra persona está usando esealgo, bien está delimitado claramente en el espacio, o bien tiene una demarcación. Lo cual me lleva a la divertida digresión de otra propiedad escasamente reconocible y discernible de su comienzo y posible final, hablo de las alianzas matrimoniales, reliquias del tiempo del vasallaje medieval que determinan otra posesión tan difusa como la voluntad y el cuerpo de las personas: pequeños casi imperceptibles anillos que sirven, en El Mundo de los Adultos, para diferenciar la carnaza de lo intocable.

Pero, y la propiedad intelectual? Las ideas. Puede poseerse una idea? Desde el punto de vista físico parece poco menos que ridículo, dudo bastante que vayas a meter tu idea en un frasco. Esto crea problemas.

Es un poco como al científico que saca las castañas del fuego a los japoneses frente a Gojira en su debut fílmico de hace 50 años. La terrible arma que el hombre es capaz de crear le acongoja, y al final se vuelve consciente de que no puede sólo destruir planos y guías escritas de cómo llegar a elaborarla, tiene que morir él también. Él es el receptáculo de la idea. En este caso, ni siquiera laposesiónde la idea está muy clara, más bien es la idea la que posee al hombre, y la que en última instancia acaba por significarse su muerte. Y podría nuestro honorable camarada nipón librarse de la idea y con ello, de su aciago fatos? Desde luego, no podría con algo menor que una lobotomía. De hecho, se crea la paradoja de que lo que debe hacer nuestro amigo es evitar que la idea se extienda. Una idea, una vez llegada a la luz, no puede destruirse, solo expandirse, o como mucho, retroceder. Pero, una vez que el ser humano ha alumbrado una idea, puede deshacerse de ella? Una vez que creamos conceptos como Propiedad, Libertad, Azul o Hambre, podemos eliminarlos? Cuántos de éstos conceptos nos vienen dados de serie en nuestras conexiones neuronales y cuantos se los debemos a la evolución de las sociedades?

Hay muchos creadores, artistas llamados, que aseguran que la inspiración les viene de fuera, de procesos que podríamos calificar casi de místicos. Por poner un ejemplo de cientos, Brian Wilson de los Beach Boys decía que habíafantasmasque le relataban las canciones, él se limitaba a recogerlas y darles forma. Poniendo aparte la supuestamente inestable salud mental de este pequeño geniecillo, no será que esas voces vienen mucho más de dentro, y son mucho más humanas de lo que él era capaz de reconocer cuando las oía? No serían acaso la repetición de ese Gran Relato humano que incesantemente nos persigue y envuelve?

O es precisamente lo que me llevaba antes a pensar… no están estas ideas ya imbuidas en nuestra cabeza dada nuestra naturaleza biológica/genética humana? Dónde empieza el peligroso determinismo cuasi darwinista? Las justificaciones biológicas han hecho más bien poco bien al planeta y el homo sapiens en general, no hace falta buscar ejemplos obvios. Pero también en determinados campos científicos, como la lingüística de Chomsky o en los trabajos sobre mitología de Joseph Campbell se ha negado por completo el postulado de la tabula rasa. Novelas como Snow Crash han investigado este fenómeno comparándolo con el lenguaje de programación: hasta que punto al crear nuevo software (cultura) podemos cambiar significativamente nuestro hardware (cerebro)? O es acaso una determinación totalmente inversa, nuestros microchips de materia gris, nuestro bioware, son los que marcan las pautas, caminos y límites de nuestra creación social? Podemos llegar a la raíz del lenguaje, a la raíz de nuestra capacidad aprehensora de la realidad, podemos llegar a reprogramarnos desde un primitivo e indivisible código binario o sólo podemos arañar la superficie de nuestra programación cultural con versiones 2, 3, 4, un millón .0?

Es posible que la mayor muestra de arrogancia que hemos tenido como especie haya sido el apropiamiento de ideas que nos pertenecían a todas como especie? No quiero hacer una desmitificación gratuita de cualquier creador o inventor de los infinitos que ha habido en nuestra Historia. No quiero repetir discursos encallados en defensa de la cultura libre o de las puertas al campo. Es más bien un intento detectivesco de sacar a la luz de donde salen esas ideas…y de descubrir porque se les han ocurrido concretamente a unos y no a otros.

Hace años nos recordaba otro pequeño geniecillo (pero a nivel más enxebre), Tonhito de Poi, en la Praza do Obradoiro compostelano, durante (lo que no fue otra cosa que una celebración) la acampada del 15 de Mayo de 2011, que le resultaba muy extraño todo el revuelo con la SGAE, el Creative Commons y los derechos de autor y toda esa trapallada. Tonhito, que es un hombre el cual su espíritu pertenece a otra época distinta aunque su cuerpo y su mente están firmemente arraigados en el mundo que le tocó vivir, nos recordaba que la Cultura, las Historias, la Narración, eran hace mucho, mucho tiempo, del ser humano. Pero de verdad. Nos recordaba que incluso, antes de los rapsodas helenos, de que Homero (o quien cojones fuera aquel) codificara las 2 narraciones fundacionales de nuestra cultura, los rapsodas lo que venían haciendo no era más que compilar una tradición oral mucho más grande, más poderosa, más misteriosa y más impenetrable que ellos. Historias que antes, mucho antes que ellos, ya existían. Historias que después de ellos, seguirían existiendo. Historias a las que nadie, decía Tonhito, nadie, sería tan arrogante y necio de atribuírselas a mismo. No se juega con fuerzas tan poderosas.

Hay que tener mucho morro para imbuirse de halo divino, para considerarse profeta, inspirado por la mano de Dios, a la hora de codificar algo que es mucho más grande que nosotros. Por eso es que vivimos en una sociedad tan ególatra que atribuye a personajes individuales logros colectivos. Personificamos en líderes militares y políticos la Historia de los países, en filósofos el zeitgeist y el statu quo, en directores de cine el trabajo de adaptación a la pantalla de una creación colectiva. Y así ad nauseam, esa es la iconofilia que nos atañe desde hace mucho. Estamos hambrientos de salvadores, de mesías, de ídolos, de becerros de oro. Estamos tan necesitados de ello como de su propia (y de hecho, consecuente) destrucción. De ahí la proliferación de chismorreos y amarillismo acerca de todo: desde los conciertos indies a los que va Leticia Ortiz hasta el último polvo de Cristiano Ronaldo pasando por hagiografías cinematográficas, literarias o laudatios políticos. Todo mentira, todo fugacidad. A veces muy simpáticas, y muy sanas (el chismorreo es otro pilar de la socialización), pero que no nos dejan ver la Gran Obra.

Al final, no hay más inmanencia, no hay más perdurabilidad que la humana, no hay más límites a la creación que los que tiene nuestra especie y nuestro infinito pozo de imaginación. Pero no seamos arrogantes. Esos acordes no te los inventaste tú. Esa combinación de colores ya la habían usado antes. Este texto está inspirado en otra cosa que acabo de leer. Copiad malditos. Copiar y reconocerlo es la subversión máxima a la arrogancia de la propiedad intelectual. Lo más honesto y humano que podemos hacer. Un pequeño paso en la recuperación del raciocinio y la balanza de lo real frente a lo especulativo. Una celebración de la experiencia humana.

Copiad malditos. Copiar es amar al prójimo.

1Iniesta. Seiminario de Pensamiento Africano

2Harold and Maude”, Hal Ashby.

3Aunque tirando del hilo, podemos decir que toda nuestra Historia nace del mismo punto, que sería en ultimísima instancia África, donde nace el homo sapiens, lo que nos haría partícipes del mismo origen/cultura primigeniaLa tala del Baobab”, Xoán Pirillán

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