Los ídolos

El ser humano pertenece a la rama de los homínidos, pequeños seres vivos conscientes de limitado campo de acción y reflexión dentro del Universo. Considerando nuestro papel dentro de La Existencia como inevitablemente efímero, dado que los materiales que conforman nuestros cuerpos y procesos químicos son de durabilidad muy limitada en comparación a otras realidades a lo largo y ancho de la galaxia, y considerando que hasta hace muy poco no nos hicimos completamente conscientes de ello, la inexperiencia guía nuestras decisiones. Y, consecuentemente, el miedo a enfrentarnos con algo tan exagerada y ridículamente mayor que nosotros que no somos capaces ni siquiera de aceptar la imposibilidad de llegar a ponderarlo.

Nos acojonamos ante la posición tan subalterna que se nos ha dado en La Existencia. Y el miedo es mal consejero. A parte de paralizarte e impedirte avanzar, suele hacer que te comportes como un imbécil. Especialmente cuando pretendes hacer que no estás asustado. Para demostrarle a La Existencia que no estabamos asustados, nos dedicamos a aplastar toda aquella creación que nos era posible aplastar. La destrucción y el dominio de El Otro, Lo Débil, “aseguraba” no sólo nuestra superioridad, si no la percepción de nuestro propio ser. Yo existo porque te domino a ti. El hombre existe porque domina las bestias y la naturaleza. Los USA existen porque dominaron a los nativos americanos. Israel existe porque domina a los árabes. España existe porque dominó a árabes, nativos americanos, vascos, catalás, galegos y el resto de habitantes y culturas dentro de sus menguantes fronteras. Es siempre la misma lógica. La lógica del machito de gimnasio, huelga decir.

Yoda ya decía que “el miedo lleva al Lado Oscuro”. A día de hoy cualquier discurso político sabe que el miedo es una estrategia de control social: los poderosos usan 1984 como manual de consulta, los desheredados clamamos a favor de la unidad popular para vencer al temor y la incertidumbre.

El miedo no es más que desconocimiento + falta de aceptación de la realidad. Y, como seres humanos, al no conocer ni aceptar nuestra posición en La Existencia, nos hemos dejado poseer por el miedo. Y en ello hemos ido en contra de toda lógica y sentimiento, nos hemos enfrentado a nosotros mismos y a todo lo que nos rodea. Hemos ido en contra de nuestra propia condición pasajera para intentar situarnos por encima de ella. Para intentar ser más de lo que somos y nunca seremos. Somos un animal prodigioso, si, pero tenemos la delirante obsesión de querer perdurar.

A fuerza de remar hacia el lado opuesto creamos un remolino que no nos engulle, pero nos impide avanzar. Nos hemos dado de cabezazos contra la pared pensando en que a fuerza de golpear más y más fuerte algún día caería. Pero en realidad la pared que golpeabamos no era ningún muro, era la cantera desde donde caían las piedras que, poco a poco, se iban amontonando y formaban lo que nos iba modelando como especie: la civilización, la cultura, las creencias. Y estas construcciones fueron tomando formas más y más complejas. Al principio amontonábamos las piedras de distinta forma. Unas encima de otras, en círculos, incluso de forma que reflejaran distintas fases solares o lunares. Ya empezabamos pronto con la obsesión de aprehender lo que se nos venía grande, intentando entender lo que nos superaba, quisimos domarlo.

Luego las piedras se comenzaron a tallar de formas geométricas, lógicas, simétricas, matemáticas. Pirámides, mausoleos y catedrales. Y dentro de ellas, espacios enormes desde los que maravillarse no tanto con el infinito poder de El Misterio si no con la gratuita soberbia de quien las ordenaba levantar por encima del sufrimiento de sus semejantes. Se supone que en la perfección formal de un templo se debería ver a Dios, pero lo que yo vi fui la falta de humildad de los hombres. Y su poca vergüenza. Y su voluntad de dominio sobre La Existencia. Que vano esfuerzo el suyo! Claro que quienes lo predicaban solían ser los que sostenían el látigo y no los que transportaban la piedra.

murasaki idol

Y para mayor gloria del Ego Humano, dentro de esas construcciones que apuntaban como antenas hacia el cielo, se colocaron los ídolos. Los ídolos son la mayor muestra de miedo y de la irresponsabildad derivada de ese miedo que ha creado el homo sapiens. Los ídolos son aquellos en los que volcar nuestras esperanzas, nuestras frustaciones, aquellos a quien odiar, a quien amar, y, como no, a quien temer. Son nuestro reflejo deforme. Como no somos capaces de mirar dento de nosotros, vomitamos aquello que nos tortura, que no entendemos, y como pulpa imposible de moldear, la mezclamos con nuestros anhelos más profundos y nuestras pasiones más mundanas hasta que de la improbable pasta que surge nace algo que acaba por dominarnos.

Para domar la imposible explicación de la vida encarcelamos la fertilidad en Venus talladas, para matar a las bestias salvajes del mundo inabarcable pintamos con rojo su silueta en las oscuras cuevas donde nos encontrabamos a salvo, para exorcizar nuestros demonios creamos uno con nombre propio a quien culpar de tentaciones y pecados. Y para dominarlos a todos, forjamos no un anillo, si no un becerro de oro. Dios como máximo ídolo. Como máximo regidor.

Hasta aqui solo hablamos de comportamiento humano básico. Que se produzcan fenómenos como estos no sólo es común en la Historia, si no inevitable. Igual que un niño gatea antes de empezar andar, como especie animal también tanteabamos las sombras en La Caverna. El problema fue que esas sombras nos dominaron a nosotros, y los que se supieron aprovechar de ello han venido castigandonos a nosotros y al Planeta por nuestra necedad. Dios o Dólar: el Becerro sigue siendo de oro y sigue en manos de los que lo han sabido manipular. Los apóstoles de los ídolos han sido tan peligrosos como los ídolos mismos. Pero qué podemos hacer entonces? Renunciar a ellos cuando han guiado nuestros pasos, cuando han escuchado nuestras plegarias en medio del solitario universo, cuando nos han consolado, explicado porque el Sol y el Mundo nos mantiene con vida en un lugar que nunca llegamos a entender?

Muerte a los que se aprovechan de la debilidad humana. Muerte a los mercaderes del templo. Y cuando no queden ratas aprovechandose de la carroña emocional y física de los cuerpos y almas de los Sin Tierra será cuando volveremos a vernos cara a cara, sin intermediarios, con el Ídolo. Con el Misterio. Y que haremos entonces? No podremos correr. No podremos pedir consejo. No podremos culpar a Zeus de mearse en la pernera y provocar la lluvia. No podremos decir que el Diablo fue más fuerte que nuestra voluntad. Tendremos que coger el martillo y destruir al Becerro.

Y entonces? Se habrá acabado? Habremos entendido algo?

Nada se acaba, nunca. Será otro inicio. Infinito. Inevitable. Habremos confirmado la fuerza que tenían los antiguos ídolos mediante su destrucción. Lo más hermoso que podemos hacer una vez hayamos levantado un templo es dejar que caiga.Como Duchamp destruyendo su propia obra. Destruyendo el icono confirmamos su fuerza. La mayor muestra de amor por alguien es saber abandonarlo cuando ha llegado el momento6. Cuando por fin hemos alcanzado a entender nuestra propia creación, no podemos hacer otra cosa que acabar con ella. Rompiendo la magia la confirmamos. Quemando una Iglesia damos carpetazo a lo que supuso: matamos su impureza terrenal, el mal que hicieron los hombres que se apropiaron del ídolo. Lo devolvemos a su estado natural de Misterio. Acabamos con los falsos profetas. Porque no hay profecías. Solo hay misterio. Y la explicación que queremos y podemos darle. Y que reside dentro de nosotros y no en ninguna otra parte.

Matad a vuestros ídolos si de verdad los quereis.

(Fotografía cedida por cortesía de Murasaki)

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