Veranos de drama y combate en Japón

El país nipón enfenta otro estío de conflicto político en medio de oscuros aniversarios y con un gobierno imponiendo nuevas leyes que pueden cambiar para siempre el rumbo del país y del tablero internacional

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Edificio de la Dieta, en Tokyo, asediado durante las protestas estudiantiles

Los veranos en Japón se caracterizan por ser largos, húmedos y pesados. El actual no está siendo la excepción. Tras la estación de lluvias de junio-julio, el tiempo da paso a la canícula y el incesante ruido de las cigarras. La estampa veraniega de Japón es de placidez y contemplación, haciendo honor a los muchos tópicos más o menos infundados que tenemos sobre esta particular isla. Pero como la mayoría de los tópicos sobre un país que nos es aún tan ajeno, no siempre corresponde a la realidad. No todos los veranos han sido placenteros y relajados en el Sol Naciente.

70 años atrás, los relojes se paraban a las 8 y 15 de la mañana del 6 de Agosto en la localidad de Hiroshima. 70 mil almas humanas dejaban de existir en un parpadeo. Tres días después, otra atrocidad semejante era perpetrada en las colinas de la porteña Nagasaki. Una semana más tarde, el emperador Hiro Hito dejaba de ser un dios vivente y su país de ser un genocida para pasar a a ser el adalid de la paz entre los países desarrollados, pues con la ocupación estadounidense, se imponía una nueva constitución, cuyo célebre artículo 9 decía que “aspirando a la consecución de una paz internacional basada en la justicia y el orden, el pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra y a la amenaza o uso de la fuerza como medio para resolver disputas internacionales”. Japón, que había sido el terror del Lejano Oriente, con matanzas y experimentos tan sádicos como los cometidos por los nazis en Europa, comenzaba un tortuoso camino de autohumillación y expiación de sus pecados, pasando de verdugo a víctima mientras el resto del mundo contemplaba la devastación atómica y sus consecuencias.

La exorcización de lo que supuso la locura de la II GM inundó todo el imaginario colectivo nipón y marcó de un modo u otro sus expresiones culturales más importantes: de la invasión del manga con Akira a la creación de un símbolo nacional como Godzilla, que metaforizó la catarsis de La Bomba durante la época en la que estaba prohibido hacer cualquier manifestación escrita o retratada de bombardeos o ataques aéreos (tuvo que llega otro manga, Hadashi no Gen, pseudo-autobiografía de Keiji Nakazawa para superar esta barrera y volver a mostrar la crudeza de la guerra, años antes incluso que el filme de Estudio Ghibli, “La Tumba de las Luciernagas”). El camino recorrido de forma tan singular para superar el trauma, téngase en cuenta, nunca incluyó a sus colonizadores yankees, que jamás se disculparon por el lanzamiento de Little Boy y Fat Man. Ni siquiera los premios nobel de la paz, Jimmy Carter y Obama han hecho nunca acto de presencia en el Memorial de la Paz de Hiroshima, el cual fue declarado Patrimonio de la Humanidad pese al voto en contra de los propios EEUU y de China.

El fantasma nuclear, sin embargo, nunca desapareció ni de lo inconsciente ni de lo palpable. En lo que va de año, 3 han sido los trabajadores muertos en la rehabilitación de la planta nuclear de Fukushima, por no hablar de los problemas laborales que ha supuesto la situación de extrema precariedad que sufren los empleados de las más de 800 subcontratas de Tepco que allí operan. El desastre que sobrevino tras el tsunami del 2011 provocó que todas las centrales nucleares permanecieran cerradas hasta el 12 de Agosto de este año, a la espera de una nueva normativa de seguridad. La primera en reabrir ha sido la de Sendai, en manos de Kyushu Electric Power, situada al sur. Más de la mitad de los japoneses han mostrado su desaprobación hacia la reapertura nuclear, pero la dependencia económica de este tipo de energía deja a los líderes del país sin mucha opción. Viejas heridas que se abren y han provocado que los últimos veranos en Japón hayan sido movidos en el plano político por temas como estos. Especialmente movidos, si tenemos en cuenta la escasa conflictividad social que existe en un país que, si bien no está exento de crisis económicas y psico-sociales, no contaba con un nivel de movilización popular desde hacía 55 años. Fue aquel otro verano que se recuerda mucho menos pero que incluye cantidades similares de sacrificio, lucha y dolor.

300 mil personas se agrupaban en torno a la Dieta de Tokyo el 19 de Junio de 1960. Los paraguas cubrían los rostros de los allí asistentes, los cuales lloraban la pérdida de Michiko Kamba, una estudiante abatida por la policía nipona en las manifestaciones contra el AMPO, el Tratado de Mutua Seguridad con USA que, grosso modo, consistía en la supeditación de la política internacional japonesa a los intereses belicistas norteamericanos, en pleno conflicto Coreano y contexto de Guerra Fría. Los estudiantes nipones protagonizaron la antesala de las revoluciones universitarias de aquella década, levantándose contra lo que consideraban una traición a la lógica pacifista de la que supuestamente ahora debía hacer gala su país para recuperar su honor tras las carnicerías causadas y sufridas hacía tan pocos años. Agrupados en torno al llamado Zengakuren, los estudiantes radicales lucharon, literalmente, contra la colaboración de su gobierno hacia el imperialismo capitalista. El día anterior, en el que Kamba fue asesinado, se llegaron a quemar 19 comisarías y casi 400 personas fueron arrestadas y 500 heridas. El aeropuerto de Haneda fue tomado para impedir que el primer ministro viajara a América, pero pese a todo, el AMPO fue aprobado. Un día más tarde, dimitía el presidente, Nobusuke Kishi, figura clave del s. XX japonés, el cual se había salvado por los pelos de ser juzagado como criminal de guerra en los juicios del Tribunal del Lejano Oriente.

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Estudiantes del Zengakuren en plenas luchas con la policía empleando los míticos bastones de guerra (gebabo)

La línea trazada aquí y que recorre el camino de tensión, preñado de traumas, temores y culpabilidad, que ha supuesto la guerra y la muerte para el pueblo japonés cierra un círculo en estos meses. Shinzo Abe, primer ministro y nieto de Kishi, con los dos tercios del parlamento bajo el control de su partido, el conservador PLD, formado en su mayoría por descendientes y afines a los políticos que gobernaban el Japón de la preguerra y que han monopolizado el poder más de 50 años desde el fin de ésta, ha aprobado una resolución el pasado 15 de julio que abre la puerta a un efectivo rearme del país y a la posibilidad de que se vuelva a emplear fuerzas armadas para resolver conflictos internacionales. Tras un año de tiras y aflojas, y con una mayoría palpable del país en su contra (las encuestas llevadas a cabo por el periódico de mayor tirada, el Asahi Shimbun, muestran más de un 60% en contra de la aprobación de la ley), a los japoneses solo les queda esperar que el Tribunal Supremo declare las resoluciones belicistas de Abe como inconstitucionales. Aquel mismo 15 de Julio, más de cien mil personas inundaban las calles del país exigiendo la dimisión del presidente en lo que ha sido la manifestación más multitudinaria desde las acontecidas por Fukushima. Y las protestas aún no se han detenido, la semana siguiente, durante otra concentración ante el parlamento, el ex-primer ministro socialista Tomiichi Murayama, de 91 años, cogió un micrófono por primera vez en dos décadas para advertir sobre la crisis que supondrá la nueva legislación. Su voz fue particularmente importante, pues fue él el primer político en pedir disculpas oficiales por los crímenes cometidos hacia Corea y China, en el discurso que dió para el 50 aniversario del fin de la II GM.

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El giro militarista nipón responde a diversos y no tan claros intereses. La gran excusa es, por supuesto, Corea del Norte, pero las disputas territoriales con China por las islas Senkakku, terra nulius conseguida tras la I Guerra Sino-Japonesa a principios del XX y recuperadas junto al archipiélago de Okinawa (donde EEUU instaló sus bases militares más importantes del pacífico), también han tenido su peso en la versión oficial. Pero posiblemente, el impulso definitivo ha sido el asesinato del periodista Kenji Goto por parte de ISIS el pasado enero, un suceso instrumentalizado para dar impulso a este espíritu belicista de tal forma que incluso por parte de la prensa ya se empieza a comparar con un “11-S japonés”. Shinzo Abe sentenció tras el homicidio de Goto que “no se deberían aplicar consideraciones geográficas” a la hora de ejercer la llamada Auto Defensa Colectiva. Japón cuenta con un ejército reducido, las Fuerzas de Autodefensa, que tienen prohibido actuar fuera de las fronteras de la isla y sólo pueden movilizarse en caso de agresión externa, pero con la nueva legislación, les será posible acompañar misiones de la ONU o de aliados cercanos si estos son agredidos. Evidentemente, en este último caso se están refiriendo a los EEUU. Lo que pudiera parecer una bravata nacionalista de Abe se muestra más bien como otro ejemplo más de postración frente a sus colonizadores. De hecho, la única vez desde el 45 que soldados japoneses embarcaron fuera de las islas fue durante el mandato de Jun’ichiro Koizumi, también del PLD, para apoyar la invasión de Irak.

El circo mediático alcanzó su apogeo cuando el ministro de Defensa, Gen Nakatani, en medio de los fastos por el aniversario lanzamiento de las bombas atómicas, sugirió que desde este momento, Japón podría “técnicamente” transportar armas nucleares pertenecientes a sus aliados. Abe tuvo que salir enseguida para desdecir a su ministro y, en un gesto de cara a la galería, asegurar que su país llevará adelante una iniciativa en la Asamblea General de Naciones Unidas para la eliminación del armamento nuclear.

¿En que caso podemos considerar, pues, que este movimiento belicista puede traer nada bueno para Japón y su gente? Shinzo Abe ha aumentado las tensiones internacionales hasta cuotas nunca vistas en los últimos 70 años por culpa de su recalcitrante negacionismo respecto a gran cantidad de crímenes de guerra cometidos en el pasado. Ha tenido que rectificar en sus posiciones respecto a la trata de esclavas sexuales durante la época imperialista. Sus posiciones revisionistas llegaron al límite cuando el año pasado abrió una comisión para reinterpretar la Declaración de Kono del 93, que suponen las únicas disculpas por parte de Japón hacia las mujeres raptadas, pero finalmente se decidió dejarla como estaba. También, desde el año pasado, ha dejado de visitar el templo de Yasukuni, donde filofascistas y nostálgicos rinden homenaje a los “caídos por la patria”, entre los que encontramos numerosos criminales de guerra de clase A. Lo ha hecho sólo bajo presiones internacionales (por parte incluso de Norteamerica, inquietos quizás por el malestar chino y coreano al respecto) y parece que este tampoco ha peregrinado allí (no así su mujer), pero ha reconocido públicamente que no se arrepiente de sus visitas y que en ningún caso ha cambiado de forma de pensar. El día del final de la guerra, el 15 de agosto, le tocó la papeleta de enunciar el mensaje conmemorativo del 70 aniversario. Lo hizo sin mostrar dudas acerca de la responsabilidad de su país en los episodios más oscuros del imperialismo. Pero también puso sobre la mesa la cuestión de hasta cuando deben seguir pidiendo perdón, e incluso instó a que los jóvenes en un futuro dejen de hacerlo.

Pero lo que más destaca es, precisamente, la ironía de que con un pensamiento ultranacionalista, conservador y belicista haya conseguido movilizar de nuevo a un pueblo entero por un ideal de paz. Un ideal que hunde sus raíces en el día de la masacre de Hiroshima, que se fraguó con la humillación de la ocupación estadounidense, se mantuvo en las luchas estudiantiles durante los 60 y hoy, amenazado desde lo legal, renace en las calles de la mano de gente de todas las generaciones que no quieren volver a ser partícipes de más muerte.

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Fotografías actuales procedentes de la última manifestación en Osaka el 15 de Julio. Cortesía de Murasaki.

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