El Temporero

La maleta cargada de ilusiones se ha transformada en la mochila del decathlon llena de ropa sucia y húmeda. Y me gusta, sabe menos a rancio y más a real. La realidad huele peor que los anuncios, claro, pero la culpa es nuestra por defenestrar nuestros sentidos con irrealidades marca Kalvo Klein.

No es que emigremos porque no nos quede otro remedio. A las tres categorías, que Bakunin sostenía que eran la válvula de escape de la población a sus miserias, a saber: iglesia, taberna o revolución, habrá que añadirle la opción de salirse por la tangente. La huida hacia delante de la emigración.

Emigración? Bueno, nosotros no estamos saltando vallas sedientas de sangre. El Capital no conoce de fronteras, más que las trincheras de su propia glotonería (por ello en la Fortaleza Europea circulamos sin cruzar concertinas pero Suiza jamás formará parte de la Comunidad Económica). Pero hasta que punto pulirte el sueldo que te ganaste trabajando en el chiringuito veraniego yendote a London, Berlín o cualquier otra ciudad hipster chic de la Europa de los pueblos y las oportunidades puede considerarse emigrar? La excusa de la falta de oportunidades es buena excusa, sí, pero el que algo quiere algo se lo tiene que currar. Ir un/os año/s al extranjero a vender tu tiempo y tu fuerza de trabajo para volver con el rabo entre las piernas (los que más) o sudar frío hasta hacerte un hueco y un nuevo hogar (los que menos) es la tónica de moda en esto de la “movilidad social” que tanto gusta a aquellos que halagan la deslocalización de fábricas para pagar salarios marca Bangladesh.

Vale, puedes dar el salto y explorar otros países acomodaticios del autocomplaciente Occidente. Puedes quedarte en tu país y unirte a la resistencia. Y aún hay una opción entre medias. Hablamos de El Temporero. El sujeto de emigración liminal por excelencia. Es un emigrante, porque se acaba de ir, pero nunca lo hace con la intención de quedarse, aunque a veces se vea atrapado en esta espiral sin sabérselas muy bien como.

Cuando agarras maleta, saco y katiuskas para ir a apañar fruta a Francia te das cuenta de varias cosas:

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-Primero, como se parece la preparación para la batalla al avituallamiento para Ortigueira.

-Segundo, que estás haciendote dos mil kilómetros para hacer la vendimia de un vino que ni siquiera te gusta cuando tienes viñas a las puertas de casa y ni siquiera te rompe la espalda como los desgraciadamente pequeñas parras de por alli. Los menos acostumbrados al trotamundismo se agarraran un avión para ir de París a la Champagne directamente, los expertos mochileros haran dedo hasta que se den cuenta de que todas las roulottes europeas están conducidas por parejas rancias de alemanes sexagenarios que jamás recogerían un autoestopista (y menos del sur).

-Una vez ya en la campiña, montada tu tienda de campaña con el orgullo del Buen Salvaje, te das cuenta de más cosas aún a medida que todo se pone más y más jodido. Cosas como el despertar con el frío rocío matutino, que te salva del problema de no poder cargar tu móvil y, ergo tener la alarma preparada para estar a pie antes de que cante el gallo. Pero no es el peor momento del universitario mal criado entre algodones y vomitado a su suerte en el “competitivo mercado europeo”.

-Tampoco lo es cuando descubres que “trabajar en el campo” se parece mucho más a lo que hace tu tía en la cadena de montaje que a los conocimientos milenarios sobre cómo, cuando y de que forma se tratan las cosechas.

-No. Lo peor es darse cuenta de que un trabajo en el que debes emplear aproximadamente neurona y media no deja espacio al resto del cerebro para desarrollarse y, al menos, tener tiempo de pensar durante las inindistinguibles 8 horas que te esperan día sí y día también, sino que, horreur! Este trabajo atrofia la materia gris al mismo tiempo que te parece estar viviendo un remake a color (verde) del Tiempos Modernos con doblaje en unas 15 lenguas pertenecientas a todos los países situados por debajo de los alpes o más al este de Bavaria. Es entonces y solo entonces cuando te cagas en tu puta vida de ser un jornalero.

Y con todo, la fortuna. La fortuna de saberse joven (quien puede de cuerpo y quien no de mente). La fortuna de tener esa sensación de tener el mundo en tus manos y de poder ir más allá de lo que muchos de tus conocidos han ido nunca (esto es quizá, Port Aventura o, para los atrevidos, el Santiago Bernabeu). La fortuna de poder aprender polaco, francés e italiano al mismo tiempo y de hacer redes sociales y amistades como si formaras parte de un campamento para tardoboyscouts internacionales. De hecho, todo tiene bastante el ambiente de rito iniciático, aunque te hartes también de ver caras lastradas por una (mala) vida en la carretera. La combinación de saberse medio zíngaro aunque se haya salido de una familia de profesores y tenderos. La descafeinada pero genuina sensación de aventura que te saca de una monotonía que no nos mata nunca de hambre pero sí de aburrimiento.

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