Hiroshima, mon amour: lo siento, pero en realidad no lo siento

El perdón, la culpabilidad y la penitencia son conceptos que no nacieron estrictamente dentro de las sociedades judeocristanas, pero posiblemente es en estas en las que tienen mayor presencia e importancia. Especialmente cuando nos acercamos al modo que tenemos de abordar temas como la justicia y la reparación histórica, momento en el que además solemos añadirle otro concepto para sistematizar la forma de resolver conflictos aquí en el Mundo Libre: el castigo. Lo curioso, pero al mismo tiempo lo inevitable, es que este castigo normalmente le sea aplicado a aquellos que están más desprotegidos, lo merezcan o no, mientras que muchos otros consiguen librarse de él aunque lo merezcan mucho más.

Al ser aplicada la justicia siempre de modo vertical, desde el Poder hacia aquellos que se sitúan fuera de los márgenes de lo legal, suele ser difícil que todo el peso de la misma caiga sobre aquellos que se sitúan por encima de esa escala de poder. Es una visión muy metafórica: imagínense una masa informe y pesada que supone el castigo legal y como ella aplasta a todos los que rompen los límites penales, estándo siempre debajo de ella, pero como para que llegue a caer sobre los poderosos (los que tienen influencia como para estar encima de ella) haría falta que el grueso de la población empujara esta masa de la justicia para que se sitúe nuevamente encima de los que consiguen escapar de ella gracias a estar sentados en los sillones del poder mediático, económico o militar. Como casi nunca empujamos lo suficiente,hay muchos casos sangrantes de gente que se mereció el castigo y nunca lo sufrió. Veremos, por poner ejemplos, si Karadžic o Mladic llegan a entrar en la cárcel. Y, por desgracia, parece que todo el mundo tiene asumido que lo de los papeles de Panamá no tendrá repercusión judicial alguna, porque en nuestro descreimiento ironizante hacemos como que nada nos sorprende y la estructura de la injusticia nos es ajena e inmutable. En resumidas cuentas, que si no protestamos, la justicia no va a afectar a los que están acostumbrados a vivir por encima de ella.

Toda esta reflexión viene por el hecho de que este pasado lunes 11 de Abril el secretario de estado John Kerry, en el marco de las reuniones preparatorias para la cumbre del G7 en Ishe-Shima, Japón, el próximo mayo, se convirtió en el cargo estadounidense más alto en visitar el memorial por la paz de Hiroshima, experiencia que, según sus propias palabras, lo dejó “totalmente emocionado”. El hecho puede parecernos histórico o completamente accesorio (en realidad es ambas cosas al mismo tiempo), pero el contexto en el que se coloca da para mucha discusión acerca de la justicia, la reparación y sus límites.

Para empezar, la visita de Kerry podría ser un adelanto de lo que está por llegar: la tan ansiada visita de un presidente de los EEUU al lugar que su país borró del mapa hace 70 años. Muchos habitantes de Japón llevan esperando ese momento demasiado tiempo ya, y parece que Obama, con su política internacional plagada de gestos cara a la galería y movimientos obvios pero rompedores (Irán, Cuba) podría ser el elegido. No obstante, dos obstáculos se encuentran en el camino. Primero, el hecho de que la sociedad estadounidense sigue considerando la matanza de la bomba atómica no como una atrocidad si no como un “mal menor” dentro de la teoría de que “salvó vidas” (de militares estadounidenses, claro) y ayudó a acabar antes la guerra (guerra en la que Europa llevaba años ya metida antes de que decidieran participar y cuyo fin se debió bastante más a los soviéticos que a los americanos) y segundo, que en medio de unas elecciones en las que la amenaza republicana parece más terrorífica que nunca, un gesto como ese sería calificado inmediatamente de “debilidad”, dejando al partido demócrata seriamente dañado.

Por supuesto, llegue a darse o no, lo que no se ha considerado prácticamente es la posibilidad de pedir perdón por lo sucedido. Obama podría llegar a visitar Hiroshima, aunque sólo fuera por que le queda de camino a la reunión con el exclusivo grupo de los siete, pero una disculpa histórica ni se plantea. EEUU actúa como la policía del mundo y ya sabemos que la policía no puede quebrantar la ley.

Todo ello es tremendamente irónico porque el país anfitrión, Japón, ha tenido siempre sus más y sus menos con el tema de la memoria histórica y el perdón. Debemos entender que en Oriente no tiene tanto éxito la idea de castigo o penitencia como medio para sanar los pecados o afrentas cometidas. En Japón, concretamente, se alude mucho más al concepto de vergüenza, de escarnio público y de honor roto al haber realizado un acto reprobable. Los samurais no cometían suicidio porque estuvieran condenados a muerte por un tribunal; al contrario, la justicia y la reparación debía provenir del propio ofensor, tenía que ser autoasumida, ya que esta era la única vía para no vivir en deshonra, hecho considerado mucho peor que la muerte. Aún a día de hoy son típicas las estampas de políticos o empresarios humillándose públicamente cuando son cazados en asuntos de corrupción. Por eso es mucho más común que altos cargos dimitan allí, no como en Occidente, donde con un “lo siento, no volverá a pasar” muchas veces se apela al espíritu del buen cristiano, del que ponde la otra mejilla y se acaba por perdonar a los que nos ofenden.

Pues bien, los nipones llevan décadas expuestos al escarnio internacional por parte, sobre todo, de China y Corea del Sur con respecto a su actuación durante la II Guerra Mundial, la cual, consideran, no ha tenido el debido tratamiento histórico ni la debida reparación moral. Hechos como la matanza de Nanking o el escuadrón 731 todavía no son puestos como ejemplo máximo de la brutalidad del militarismo tan a menudo como sí lo son los crímenes de otras potencias coloniales. Y el uso de esta memoria no reparada ha servido a estos países, en más de una ocasión, para tapar sus propios pecados, así como para dar cohesión nacional a unos estados siempre tambaleantes cuando se veían enfrente de sus propios crímenes pasados. Pero ni con todo lo que les ha caído, los dirigentes nipones han encontrado a bien poner punto y final a esta discusión histórica. Y no porque no lo hayan intentado (la lista de disculpas emitidas por sus políticos en las últimas décadas es interminable), pero nunca teniendo en cuenta conceptos como la reparación, la vindicación de las víctimas y la señalización de responsables. Sin tener en cuenta a aquellos que fueron atacados, humillados, esclavizados u oprimidos, pedir perdón por lo que sucedió no tiene mucho efecto práctico y, desde el punto de vista histórico, resulta cuanto menos hipócrita.

Precisamente por este proceso está volviendo a pasar el país del sol naciente con sus vecinos coreanos desde el diciembre pasado, cuando, sorprendiendo a propios y extraños, el partido en el gobierno, el conservador PLD, famoso también por su tendencia revisionista y negacionista, decidió llevar un plan a cabo para poner fin de forma “irreversible” a la cuestión de las mujeres de confort, esclavas sexuales que el ejército mantenía durante la época colonial. Un gesto precioso, pero ni por asomo el primero en este campo, y, por supuesto, llevándolo a cabo sin haber pensado en las víctimas que lo sufrieron (sobreviven unas decenas de ellas hoy día, muchas organizadas en protestas por la memoria histórica desde los 90) y que, nuevamente, no ha contentado a casi nadie.

Porque lo peor que puede pasar cuando pides perdón es no hacerlo de corazón. Japón se ha enfrentado a su pasado casi siempre a regañadientes, obligado por las circunstancias o presionado desde arriba. Para contextualizar, al estado nipón nunca se le ha dado por pedir disculpas sobre la destrucción de la cultura ainu en la isla norteña (Hokkaido), pero sin embargo siguen enzarzados en disculparse por determinados crímenes de su imperio fuera de sus fronteras. ¿Por qué? En el caso de las mujeres de confort podemos hablar casi sin temor a equivocarnos que el gesto de disculpas se inscribe en el actual contexto geopolítico, con la estrategia estadounidense en el Pacífico como origen: los yankees necesitan a sus dos aliados fuertes (Corea del Sur y los nipones) unidos y sin pelearse para hacer frente a amenazas virtuales (Corea del Norte) o reales (China) para sus intereses en la zona. Y para ello, no han dudado en azuzar la remilitarización de un país que se había presentado hasta no hace mucho como adalid del pacifismo y el movimiento antinuclear como era Japón (aunque todo esto fuera muy matizable, es verdad que, por lo menos, no gozaban de un ejército efectivo con el que agredir a terceros, cosa que con las nuevas legislaciones está cambiando).

Para colmo de hipocresías, tras la reunión del grupo de los siete en el Memorial por la Paz se acordó la elaboración conjunta de un texto denominado “Declaración de Hiroshima”, que, así en general, debería impulsar el desarme nuclear a nivel mundial, así como la transparencia y la concienciación humanitaria en estos temas. El cómo lo van a hacer, es un misterio. Especialmente teniendo en cuenta la naturaleza del resto de los temas que se tratan en estas reuniones previas al meeting definitivo que sucederá en la prefectura de Mie en mayo: las estrategias conjuntas contra el terrorismo, cómo ponerle freno al renovado imperialismo ruso con su “anexión ilegal” de Crimea, o la implementación del TTP, homólogo transpacífico del (todavía envuelto en secretismo) TTIP. Vamos, que la dirección que tomaban los puntos a tratar poco tenían que ver con un idílico rearme a escala mundial y mucho con cómo se las apañaran los USA y sus aliados para mantener el control geopolítico de zonas clave.

Y ya, rizando el rizo, Kerry y su homólogo japonés, Fumio Kishida, mantuvieron conversaciones bilaterales para dar salida de una vez a otro asunto por el que EEUU parece tener pocos cargos de conciencia acerca de los problemas que genera, hablamos de la presencia militar en las islas del sur (principalmente Okinawa), el contingente más grande fuera de América, de unos 50 mil soldados, los cuales llevan décadas causando problemas a la población local. Concretamente, hablamos de la reubicación de la base militar de Futenma, situada en medio de una pequeña localidad que se ve afectada por la contaminación y los comportamientos salvajes de algunos militares americanos, y que tendría que haber desaparecido de allí hace ya veinte años según los acuerdos bilaterales en 1995 tras lo que se conoció como la Violación de Okinawa. En estos momentos, el gobernador de la prefectura está en litigios con el gobierno de Tokio para aligerar la carga que supone semejante presencia militar en localidades humildes y costeras, pero John Kerry subrayó que mantener la base en Okinawa era la “única solución posible”.

EEUU también ha tenido que pedir disculpas a Japón por los crímenes que cometió a su población, aunque sigan considerando el bombardeo nuclear de civiles como mal menor inevitable. Los campos de concentración que existieron en la década de los 40 para la población nipona en suelo americano, o las constantes violaciones llevadas a cabo por los marines en suelo japonés sólo son un par de ejemplos flagrantes de como se puede decir lo siento sin sentirlo. Otra violación por parte de un soldado americano tuvo lugar el 13 de marzo, que se suma a las cientas que llevan sucediendo desde que el territorio fue devuelto a jurisdicción japonesa en los 70, las cuales nunca han tenido ni castigo, ni penitencia ni perdón, pues en su mayoría han sido juzgadas por tribunales militares en suelo americano, dando como resultado impunidad y más impunidad. Doscientas personas se reunían el pasado domingo para protestar por ello y exigir que los EEUU dejen de controlar el destino de los japoneses y sigan sin pagar por sus crímenes. Veremos si la movilización popular consigue en esta ocasión algo de justicia o todo se quedará nuevamente en gestos y disculpas hipócritas destinadas a llenar portadas.

war.is.peace

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