El Banc Expropiat y el foco deforme

Muchas de las más recientes teorías políticas que tienen que ver con la transformación social y la búsqueda de la justicia hablan de la importancia de refocalizar. Por ejemplo, las feministas, que han venido popularizando las ya célebres “gafas de color lila”, o los ecologistas, que nos ayudaron a vernos no como los dueños del mundo si no como una parte más de un planeta (uno que estamos desestabilizando peligrosamente). Dónde poner el foco a la hora de comprender un conflicto de intereses es una de las cuestiones más básicas si no queremos caer en errores básicos cometidos una y otra vez por la civilización occidental, desde el racismo hasta el fascismo. Saber desde donde enviamos la mirada, donde colocamos la cámara, es imprescindible para, como decía Malcom X, “no acabar odiando a los oprimidos y amando al opresor”.

La visibilidad pública de estas últimas jornadas de protestas por el Banc Expropiat han demostrado hasta que punto muchos de nosotros tenemos el foco completamente deformado. Y eso que era muy fácil entender porque está pasando todo esto, y más teniendo en cuenta que, ironías del destino, se está celebrando el aniversario del Efecto Can Vies. El ayuntamiento y la prensa de aquel entonces tardaron en darse cuenta de lo que estaba pasando, y para cuando se le vino encima, ya era demasiado tarde. Al final, Can Vies se quedó en el barrio. A cambio, docenas de juicios y heridos. Ése es el precio que pagan los okupas, bastante más caro que un alquiler, por cierto. Pero claro, ese pago no entra nunca dentro del foco de atención de los medios.

Cuando a una cámara se le rompe la lente y a partir de ahí desenfoca, podemos ver siluetas, pero nunca una imagen coherente. Esto le está sucediendo a todo el mundo que no ha vivido en el barrio de Gracia estos últimos años y no ha participado en las movilizaciones de esta semana. Lo que se dirime en la cuestión del Banc Expropiat no son ni los métodos violentos ni la necesidad de un espacio donde llevar a cabo esa “estimadísima labor social para el barrio” (valórese que esto último no lo digo yo, lo dice el ex-alcalde Trias, aunque luego borre los tuits donde lo dijo). El foco en este tema tiene que ponerse en un modo de sentir, de actuar y de vivir; un modo que no tiene cabida en el capitalismo. Igual que en el capitalismo no tienen cabida muchas de las personas que enarbolan ese modo de vida.

A los okupas se les puede tildar de inocentes, de románticos, de descastados, pero no desde luego de exagerados, de extremistas o de violentos. Exagerado es donar en secreto 65000 euros del erario público a un inversor privado para ahorrarte un problema y pasárselo al siguiente gobierno, como hizo el consistorio de CIU. Extremista es que bancos que invierten en armamento y desahucian familias sean rescatados con dinero público y mantengan propiedades en manos muertas sin penalización alguna. Violento… cómo era? “Violencia es cobrar 600 euros al mes” decían unos. “Violencia no es la solución, violencia no es la respuesta”, dicen ahora otros. Claro que no. La violencia no es algo espontáneo ni planificado, es algo estructural, enquistado, es algo que viene formando parte de las sociedades humanas desde que existen líderes y encarcelados, desde que existen ricos y pobres, desde que hay roles de género impuestos por mandato divino y desde que hay colonizados y colonizadores. La violencia no es una elección libre, es una imposición indeseada que todos nos tenemos que comer por culpa de nuestra herencia histórica. Quién tenga la suerte (o el privilegio) de no tener que cruzarse con esa violencia latente, ni siquiera de forma simbólica, no debería tener derecho a decirle a otros como deben reaccionar ante ella cuando le da por llamar a su puerta de madrugada con un ariete. Si alguien se atreve a pensar que la mayoría de la gente que ha vivido disturbios o brutalidad policial lo hace por diversión es porque jamás lo ha vivido en sus carnes. Al contrario, la sesación general, y si preguntaran lo sabrían, es el miedo.

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Nuevamente, el foco. Por una parte se dice que los okupas son unos sucios desharapados que no tienen oficio ni beneficio. Si esto es cierto, por qué motivo deciden jugarse el tipo y enfrentarse a uniformados armados con entrenamiento militar en guerrilla urbana? Cómo se conjuga la imagen de los antisistema como una pandilla de vagos con las acusaciones de “violencia organizada”? Por qué chavales a penas mayores de edad arriesgan su integridad física y su futuro, pudiendo llegar a ser mutilados, encarcelados o simplemente identificados, pasándose a convertirse en parias sociales a ojos de la mayoría acrítica y de los poderes fácticos? No es contradictorio todo esto con la construcción mediática del okupa perroflauta, individualista y despreocupado? Por qué de pronto están tan dispuestos a dar la cara por un simple edificio?

Para ello hay que focalizar qué representa el Banc Expropiat para los que han estado enfrentándose a la policía que lo ha cerrado. Algunas personas no entienden por qué se tienen que producir tantos destrozos por un simple espacio vacío. La alcaldesa Colau, que hasta ahora estuvo evitando el tema como si no fuera a ocurrirle nada, diciendo que era “un conflicto entre partes privadas”, dice haber ofrecido otro lugar donde desarrollar las actividades (del mismo modo que decía Trias que ofrecío alternativas a Can Vies). Parece mentira que siendo ex-okupa no sepa (o no quiera ver) lo fútil de ese ofrecimiento. Desde el portal VilaWeb, uno de los pocos medios que no se han dedicado a manipular con montajes falsos de disturbios pertenecientes a otro momento, o a hablar únicamente del número de contenedores quemados (de repente los contenedores tienen mayor atención mediática que los refugiados), su editor Vicent Partal decía que “la ocupación del edificio no era necesaria ya que sus actividades podían llevarse a cabo en cualquier centro cívico”. Se equivoca. Y se equivoca por que en un caso como el del Banc las actividades no son lo más importante de su existencia, precisamente por el hecho de que podrían hacerse en (casi) cualquier otro lugar. Lo importante del Banc es su apellido: la expropiación. La lucha por el Banc tiene sentido porque políticamente es coherente.

La ocupación del Banc causa dolor al capital al extraérsele una posibilidad de generar riqueza exponencial, no sólo por haber sido un banco en manos de los defraudadores de Caixa Catalunya sino por que su actual dueño, Bravo Solano, un empresario especulador, se estaba frotando las manos pensando en todo lo que podía ganarle a algo así en un barrio en pleno proceso de gentrificación como es Gracia. Si los activistas del Banc renuncian al inmueble y se van a otro cedido por el Ayuntamiento no sólo perderían la ventaja efectiva de cerrarle posibilidades de explotación económica y detener en parte la elitización del barrio, es que además estarían debiendole un favor a los políticos, renunciando así a la máxima de la autogestión.

El Banc tiene su origen en las movilizaciones del 15M, donde, si somos capaces de recordar (hecho extraño dentro del periodismo mainstream) se gritaba aquello de “no nos representan” o “el pueblo unido funciona sin partidos”. Ahora resulta que los autoproclamados agentes del cambio se muestran indignados porque los activistas rechazan su ayuda cuando fue precisamente esa actitud la que en un principio brindó fama a organizaciones como En Comú. Más ironías del destino, supongo.

En el fondo, lo que subyace y da miedo de los disturbios del Banc no son los destrozos que pagarán las aseguradoras, y no es ni mucho menos la brutalidad policial indiscriminada e intencionada (curioso que, una vez más, periodistas de La Directa son atacados por antidisturbios, como sucedió en Can Vies). Lo que da miedo a quienes pagan a los medios de comunicación para que desenfoquen la cuestión es el hecho de que hay un puñado de gente muy convencida de lo que hace, dispuesta a arriesgarse por unas ideas y que demuestra que no necesita asistencialismo ni paternalismo, si no que se valen con la solidaridad y el apoyo mutuo para sacar adelante su proyecto. Lo peor que le puede pasar a quienes tienen el poder es que la gente llegue a darse cuenta de que su existencia pueda llegar a ser prescindible. Pero en ello, nadie ha reparado hasta ahora.

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