Faster, Fitter, Better, Happier, Stronger… (more productive)

Hablamos mucho sobre nosotras mismas. Como sociedad egocéntrica, individualista y buscadora del placer de un modo casi autoerótico, la autorreflexión sobre nuestras circunstancias como especie viene de forma inseparable. En otros tiempos la reflexión sobre los asuntos humanos era reducida, se consideraba que la mundanidad era algo alejado de la filosofía, que el conocimiento no podía ligarse al mundo palpable, que, siendo el homo sapiens perecedero, no merecía más atención que cualquier otra cosa en perpetuo e irreversible estado de descomposición hasta su desaparición total.

Esto no siempre ha sido así, y como toda la Historia humana, ha tenido sus altos y bajos. Los proclamados por la civilización occidental como primeros filósofos, estos son, los presocráticos, desviaron su atención de los mitos como explicativos de la realidad hacia temas más mundanos y palpables, erigieron los elementos naturales (agua, fuego, aire y tierra por aquel entonces) como conformadores y creadores del mundo que nos rodea. Hablaron de átomos, de energía, de matemáticas y lógica, fundaron conceptos útiles para las ciencias muchas generaciones antes de que se soñara si quiera con las ciencias formales y empíricas. Es cierto que los mitos sugieren una explicación de la realidad mucho más cercana para la mayoría de los habitantes de este planeta que los complejos sofismas y elaboraciones teóricas de Parménides o Pitágoras, pues el mito es en si mismo la humanificación expositiva del mundo, la personificación de fenómenos, ideas o conceptos para hacerla cercana y discernible sin tener que recurrir a la abstracción. Esto quiere decir que posiblemente la filosofía presocrática, pese a estar más atada a la observación del entorno y su funcionalidad, estaba sin duda más alejada de la conexión con la población que las correrías de Zeus y cía.

Toda esta digresión sin sentido ni relación con lo que viene ahora es para recalcar la idea de que la tendencia es, inevitablemente, hablar de nosotros mismos, cuando no siempre fue de este modo. Así como también para llamar la atención sobre el hecho de que no todos los movimientos y tendencias en los cambios de pensamiento y culturización colectiva han tenido el mismo impacto, ni han sido observados del mismo modo a medida que el paso del tiempo y los juicios históricos han mutado la interpretación de los hechos. Lo que en el pasado nos resultaba honorable o heroico hoy puede parecernos (como mínimo) una atrocidad o una exhuberancia: ley del Talión, gladiadores, esclavitud, pederastia maestral, poligamia masculina, servidumbre, seppukku, escatología y relicarios,etc; actos de fe como sacrificar a tu primogénito o cortarte el prepucio a los 80 años con una piedra de sílex por obediencia en un ser superior obviamente no te convertirían en modelo a seguir si los cometieras ahora; se ha sometido a personajes influyentes y decisivos a la damnatio memoriae, un intento de borrar sistemáticamente las imágenes y legado para eliminar su poder del mapa sociopolítico/religioso; corrientes enteras de pensamento han sido despreciadas, recuperadas y reinterpretadas: los católicos destruyeron la Academia de Platón para luego recuperar su literatura por influencia de los árabes, el cinismo y Diógenes han pasado a la historia como sinónimo de cosas muy distintas a las que en realidad estaban relacionados, el hedonismo poco tiene que ver con lo predicado por Epicuro en su jardín, la propia Iglesia Católica ha cambiado de chaqueta en cientos de ocasiones, haciendo aparecer y desparecer evangelios, celibatos, sacramentos, monacatos, ordalías, cruzadas… Pese a ser un animal que podríamos etiquetar fácilmente de recalcitrante por su obstinada tendencia a no aceptar la realidad, está claro que el homo sapiens, dentro de su limitada capacidad, ha sabido reinterpretarse y abrir nuevos caminos sociales, mentales, y quien sabe si hasta evolutivos.

Hasta aquí todo bien. Podemos estar más de acuerdo con el Eterno Retorno, aceptar el Destino como único emperador de nuestra realidad, creer firmemente en Libre Albedrío, el Buen Salvaje o el Leviatán, podemos incluso defender una determinación biológica, geográfica o astronómica de la condición humana. Pero lo que está claro es que hemos cambiado. Hemos ido repitiendo muchas plantillas, sí, pero a algunas le hemos hecho unas cuantas modificaciones de las que casi nos podriamos sentir orgullosos, de no ser porque precisamente ese sentimiento de orgullo ha sido el causante de muchos de nuestros principales fracasos.

La cuestión a la que quiero dejar después de perderme en las enredaderas de lo espeso, inescrutable e indefinido (once again), es que ha habido diferentes sociedades, con diferentes valores. Mejor expresado, ha habido diferentes acciones humanas con diferentes resultados.

Y hay un resultado del mundo en el que vivimos que me tiene integrado a dónde va a ir.

Es la velocidad.

Si tengo que decir cuál es la característica más importante de esta sociedad, no me concentraría en nimiedades, en cosas que no han cambiado tanto ni tienen visos de cambiar. La caracterísitca de nuestros tiempos, por encima de la democracia liberal, el capitalismo, la desigualdad, la globalización o la información es sin duda la velocidad. Digo más, todo lo anteriormente mentado no tendría la repercusión que tiene para nosotros ahora de no ser por la velocidad. Ha habido muchas sociedades injustas, la democracia de Grecia ya lo era, ha habido atropellos económicos, saqueos justificado por las más variopintas fuerzas de la Realidad (Señores con barba en tronos celestiales, manos invisibles…). Ha habido información antes, se ha extendido y aún así la organización básica del homo sapiens como animal no ha cambiado tanto. Pero la velocidad. Eso si que no lo habiamos visto nunca como ahora.

Los bmps de la música electrónica se han acelerado, desde el breakcore en el undergrond hasta el chonismo bakalao en el mainstream. El mundo audiovisual acelera el ritmo de las obras con montajes atropellados. La micropoesía. Nadie lee a Dostoyevsky porque, sinceramente, sus novelas son demasiado largas. La banda ancha, el 4G, twitter. Viajes en avión que están al alcance de todo bolsillo y empequeñecen el mundo. Tinder. Esto lo quería listo para ayer. Lo que delimita que algo sea antiguo ya no es tanto su edad como su velocidad. Cada vez necesitamos más y más. Como decía LipovetskyNo todo funciona con exceso, pero ya nada escapa a las lógicas de lo extremo” .

Y lo más preocupante es rastrear estos orígenes de la obsesión con la velocidad en el capitalismo industrial finisecular del XIX2. Las vanguardias. Vapor y humo. Los futuristas. Marinetti, D’Anunzzio y Mussolini. Hasta que punto dieron en el clavo con la cuestión… No olvidemos que los apoyos de los que defendían la velocidad como súmmum de la civilización no fueron precisamente amantes de la libertad. No olvidemos que la férula del progreso crea monstruos. Está cada vez más claro que avanzamos hacia un mundo hiperbólico, dominado por un principio de inmediatez que alcanza su efervescencia individualista, comercial y experiencialista.

Algunas reacciones a las primeras locomotoras no fueron, sin embargo, de bienvenida. Asociaciones cristianas incluso intentaron un boicoteo de su construcción al grito de “si Dios quisiera que el hombre avanzara a tal velocidad, le hubiera dado ruedas y no piernas. Es de carcas intentar mudar a una slow life o hasta que punto el conservadurismo tecnológico cuasi ludita está más cerca de los ideales de justicia e igualdad que tanto cuesta perseguir a quien realmente se plantea por qué hacemos que el mundo sea como es?

Podemos conjugar el progreso tecnológico con la viabilidad humana y planetaria? Hay cabida en un mundo ultraveloz para la reflexión y la comunicación sentida? Hasta que punto se cobra realmente, en materiales y psicología, demasiado esta obsesión por vivir rápido? (la posibilidad de dejar un cadáver bonito está cada vez más complicada, reconozcámoslo). La velocidad de las cosas, las máquinas, el transporte, será para servirnos a nosotros o será para oprimirnos (leán ustedes esto como afirmación o como preguta según gusten).

Al final, ya se sabe como ha acabado el cuento de las palancas y los botones y los ingenios que iban a hacer el trabajo por nosotros. Al final, we were the robots.

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